¿Cómo hemos llegado a este caos mundial?: George Orwell, Edward Bernays y la Guerra Perpetua

Por “Ferrari”, lector de Zero Hedege.

Otro acto horrible de terror, otro coro estridente llamando a los fieles a la guerra. Es un fenómeno recurrente en este temprano siglo XXI. La noticia terrible se estrella del cielo como un meteoro, nos sacude violentamente de la Danza de San Vito de nuestra existencia de producción-consumo. Nuestras pantallas con todas las respuestas parpadean entre la sangre salpicada en el pavimento y las caras sonrientes de las víctimas como fueron en vida. De Oriente Medio escuchamos poco y vemos menos de las vidas destrozadas en el extremo receptor de nuestra venganza. Es como dar un quinto de bourbon a un borracho postrado en la acera, nuestros líderes abogan más masacres como solución a los problemas del mundo. Las víctimas civiles en masa son el orden global del día, una constante en nuestras vidas.

El ensayo de Orwell sobre la guerra perpetua de “1984” está actualmente disfrutando de un renacimiento en ciertos círculos. A través del misterioso hombre del saco de la novela, Emmanuel Goldstein, Orwell afirma que las innovaciones tecnológicas han conducido a la industria a tal nivel de eficiencia que la abundancia material y el ocio deben ser alcanzables para todos. La comodidad material generalizada y el tiempo libre permitirían a la población a desarrollarse intelectualmente y espiritualmente, y, por lo tanto, a lograr una especie de iluminación universal. Orwell argumenta que con tal entendimiento basado en el ocio, la humanidad cuestionaría la necesidad de la jerarquía y comenzaría a poner en peligro el arreglo que beneficia a los que están en la cima de la sociedad.

Durante la primera mitad del siglo XX, los que están en lo alto de la pirámide de “1984” percibieron esta eventualidad e identificaron a un público ilustrado ocioso como una amenaza para la estabilidad social y su posición dominante. La casta gobernante ideó la Guerra Perpetua como una forma de mantener funcionando la producción industrial. Orwell dice claramente: “El objetivo principal de la guerra moderna … es el uso de los productos de la máquina sin elevar el nivel de vida general.” En lugar de distribuir los frutos de la industria moderna a las masas, los bienes producidos se explotan y se lanzan al fondo del océano, para mantener artificialmente la escasez. De acuerdo con Orwell, tanto el terror como la escasez material auxilian a dicha ingeniería, el conflicto continuo priva a la humanidad de la seguridad y el ocio necesario para que aparezca la conciencia política necesaria para cuestionar la disposición jerárquica de la sociedad. La Guerra Perpetua mantiene a la población en lucha por ganarse su exigua existencia y por lo tanto permanecerá tanto ignorante como dócil.

La hipótesis de la Guerra Perpetua ha estado revoloteando alrededor de la clase sintiente durante décadas. El autor Chalmers Johnson dijo que fue la promesa fallida del dividendo de la paz prometida al final de la Guerra Fría la que lo llevó a cuestionar los motivos detrás del imperio americano. Yendo más atrás, el coronel Fletcher Prouty sostuvo que la guerra de Vietnam fue diseñada ya en 1945 para ser una guerra interminable con fines de lucro. Vietnam, Corea, la Guerra Fría, la Guerra contra las Drogas, y ahora la Guerra Global contra el Terror no tenían virtualmente fin, con precios exorbitantes,  para conducir a las naciones, particularmente la nuestra (EE.UU.), a una deuda profunda. Nuestros líderes constantemente claman por la pobreza pública cuando se trata de la reconstrucción de nuestra infraestructura o mantener las luces encendidas en nuestras ciudades, sin embargo, siempre hay fondos para el nuevo bombardeo, las campañas de drones furtivos, o poner pie en suelo extranjero.

La hipótesis de Orwell de la Guerra Perpetua como un baluarte para mantener el status quo funciona bastante bien, hasta cierto punto. Lo que no pareció reconocer fue el mecanismo de silenciamiento mucho más eficaz, no de la escasez material, sino de la abundancia de los consumidores. Mucho antes de que Orwell imaginara su pesadilla de “1984”, un pequeño grupo de hombres prácticamente anónimos idearon e implementaron el consumismo en apenas una década, la década de 1920.

Con la Europa industrial transformada en un campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en la sede de fabricación de las potencias occidentales. Después de la guerra, los industriales estadounidenses y los banqueros de Wall Street temieron que la pérdida de la demanda de la elevada capacidad de guerra sumiría a la economía nacional en la ruina. En ese momento el público estadounidense compraban los artículos basados en su necesidad. Paul Mazur de Lehman Brothers decidió cambiar eso, y con el hábil esfuerzo de Edward Bernays en relaciones públicas, concibieron y dieron a luz a los consumidores estadounidenses mediante la creación, el moldeamiento, y la atención de los deseos del individuo.

El sobrino de Sigmund Freud, Bernays, estaba fascinado con el trabajo de su tío en el subconsciente humano y su aplicabilidad al comercio. Por ejemplo, cuando los ejecutivos de la industria del tabaco se acercaron a él con el problema de que la mitad de la población no compraba cigarrillos, Bernays ideó un esquema para hacer aceptable que las mujeres fumasen. Basándose en su investigación sobre el psicoanálisis, identificó a los cigarrillos como un símbolo fálico. Bernays organizó un grupo de jóvencitas para que interrumpieran el desfile del Día de Pascua en Nueva York encendiéndose cigarrillos, declarándolos “Antorchas de la Libertad” ante las atentas cámaras y los reporteros. Al presentar el fumar como un acto de liberación de la mujer, Bernays cambió la situación, y las grandes tabacaleras pronto capturaron la otra mitad del mercado estadounidense. Bernays y sus cohortes repitieron continuamente tales hazañas de manipulación durante los siguientes cincuenta años, y en el proceso suplantaron al ciudadano estadounidense con el consumidor estadounidense.

Las ramificaciones del alejamiento de una cultura basada en las necesidades no pueden ser pasadas por alto. Actuando sobre el pensamiento racional, el ciudadano que compraba sólo lo que necesitaba simplemente realizaba su trabajo para sostener su vida y seguir con su día. Pero los deseos emanan de la emoción más que la razón, por lo que el consumidor impulsado por el impulso se convierte en una marioneta en manos de los que controlan los medios de comunicación. Ante el temor de la manada, el poder inculcó en nosotros una falsa creencia de nuestro propio significado y nos hicieron esclavos a nuestros caprichos etéreos, artificiales e irracionales.

El individuo liderado y consumido por los impulsos de base deja de pensar racionalmente, y mucho menos críticamente. Lo más importante es que se ve a sí mismo, si alguna vez se mira más allá del espejo del baño, como la encarnación de la “elección de productos”, en lugar de un ciudadano de una república obligado a estar informado y participar en el debate público. La conciencia del consumidor moderno es un recipiente vacío pasivo, definida por las marcas corporativas en lugar de un sí mismo autónomo.

Toda una cultura de estas personas incondicionales consumidas por su propio deseo voluble forma un cohesivo rebaño dócil, incapaz de debatir, unificar, o exigir la reparación de agravios. “Estamos silenciados por nuestra codicia”, como Christopher Hedges, tan sucintamente lo define.

Un electorado animado y comprometido podría estabilizar la mano del poder, pero el electorado estadounidense, así como el del resto de la sociedad occidental, se ha distraído y al final ha sido lobotomizado por una carga de trabajo cada vez mayor, alimentado por la caza febril de baratijas y adormecido por el entretenimiento de masas. Como Orwell observó en “1984”, las maravillas tecnológicas modernas deben liberar a la humanidad para alcanzar una forma de vida más alta, pero en su lugar los hombres en las sombras las han inclinado para esclavizarnos. Uno de esos hombres, Edward Bernays, abrió descaradamente su libro “Propaganda”, con esta declaración:

La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática. Aquellos que manipulan este mecanismo invisible de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder gobernante de nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar.

Bernays y sus cohortes manipularon el electorado estadounidense y dieron forma a la opinión pública. Hombres como el jefe de espías Allan Dulles, y el académico de los apóstoles de la Universidad de Chicago, Leo Strauss, condujeron la política exterior desde detrás de la cortina y diseñaron décadas de guerras interminables. Los estadounidenses han permanecido todo el tiempo de brazos cruzados intimidados y engañados para aprobar la carnicería mundial, mientras los de arriba acumulan más poder.

Los propietarios de la riqueza de la humanidad siempre han dominado indebimente en el gobierno. A veces, durante el siglo XX parecía que la sociedad occidental podría llegar a un equilibrio más sostenible entre la parte superior e inferior, pero hacia el nuevo milenio la balanza se inclinó radicalmente hacia la parte superior. La transferencia de la producción a las naciones esclavas virtuales de Asia, así como el incremento exorbitante de la deuda pública y privada trabajaron para enviar las anteriores ganancias materiales lejos de las masas hacia los propietarios de la sociedad. El consumismo es el opio calmante mientras que los médicos en las sombras nos matan con interminables guerra mundiales y su deuda concomitante.

Los que están en lo alto se benefician inmensamente del caos que enreda al mundo. Cómo acabamos matando en estos lugares lejanos y cuál es exactamente la política son preguntas que rara vez demandamos. La carnicería en Oriente Medio, gran parte de ella diseñada por los poderes occidentales, ha sido una bonanza para el ánimo de lucro del Complejo Militar Industrial y  de los banqueros enriquecidos por la creciente deuda que genera. Cada misil crucero o avión no tripulado que ataca forja un nuevo eslabón en la cadena de deuda-esclavitud del público. Debemos preguntarnos, “¿Hay otra manera?” Y colectivamente hacer la vida difícil a los funcionarios públicos que no pueden responder.

Traducido del inglés: http://www.zerohedge.com/news/2015-12-07/george-orwell-edward-bernays-perpetual-war

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